CONTÉNTATE A TI MISMO

CONTÉNTATE A TI MISMO

Como en tantas otras ocasiones, ayer tuve una conversación con mi hijo digna de haber sido grabada.
Él me explicaba que no le gusta que le llamen empollón, que de todos los colegios en los que ha estado (ya lleva 4) solo un niño no lo ha hecho, su amigo Luis Felipe y que quería que dejasen de hacerlo.
Como no lo harán y no quiero que se transforme y se convierta en una mentira para que los demás se sientan bien, sino que pretendo que sea él, para que él se sienta bien que es lo verdaderamente importante para mi como madre, estuvimos hablando del puñetero concepto y de lo que es la envidia. Me lo puso a huevo, tenía experiencias actuales que podía contarle y lo hice.
Entonces me dijo que él solo quiere aprender, no busca ser un enterado ni que los demás crean que él se cree más que otros,…yo lo miraba y escuchaba hasta que de pronto me soltó: “es que los demás toman conclusiones precipitadas, igual que tú que crees que lo que más me gusta son las matemáticas por mis notas y sin embargo, es la lectura,… ¡sabré yo lo que me gusta!”
Discúlpame, le solicité. No pasa nada, me contestó, pero es que soy yo quien sabe lo que quiere.
Y ¿qué quieres?, proseguí, dímelo ahora que te pregunto.
…”Que no me hagan daño y nadie decida sobre mi vida, ¡ya te lo he dicho muchas veces!”…y abrió la puerta del baño (donde estábamos hablando) y se fue.
Después de esto salimos con otra pareja con niñas, estuvimos en un bar con una parte de billares, los enanos de ambos se pusieron a jugar por allí y al rato nos llamaron para decirnos que si podíamos retirarlos pues no permitían el juego.
Yo fui a por Carla y Pedro, la otra pareja a por sus niñas y, al llegar, ese grupo de veinteañeros nos dijeron: “no, el niño no molesta, él está preguntándonos cómo se juega y solo viéndonos”.
Me marché extrañada con mi hija para la silla y desde allí me quedé mirando a Pedro. Lo vi hablar animadamente hasta que a los diez minutos o así, le dieron un palo y se puso a jugar al billar con ese grupete y hasta le gritaban “¡¡Ehhh, bien!!”
Así que a mi cabeza llegó Maslow, recordé la confianza que siempre depositó en mí mi padre y acerté a esbozar una clara conclusión: unos te querrán, otros te odiarán, por eso, porque no vas a contentarlos a todos, tú que te conoces, tú que te analizas, decide, sé cómo tú quieras ser y conténtate, mínimo, a ti mismo.

 Abraham Maslow fue un psicólogo estadounidense conocido como uno de los fundadores y principales exponentes de la psicología humanista, una corriente que mantiene que la salud mental de todo ser humano se adquiere si este camina hacia la autorrealización.
Basándose en escritos y realizaciones de Albert Einstein, Maslow ejemplificó las características de la persona autorrealizada como aquella que, centrada en la realidad y las vicisitudes que esta presenta, trata las dificultades como problemas que requieren solución, así pues se muestran como incansables pensadores que se sienten cómodos cuando están solos, solo tienen relaciones personales saludables (no superficiales y con unos pocos elegidos) y no tienen como meta las posesiones materiales sino el alcanzar conocimiento que es lo que verdaderamente le produce satisfacción.

 

Image4806Fuente: Covey (1999), Hunter (1996)

 

Su teoría la plasmó en lo que denominó “jerarquía de necesidades”, una pirámide que contiene distintos escalones que debieran completarse para llegar a la autorrealización. Así, en la base señaló las necesidades básicas o fisiológicas (alimentación, respiración, eliminación, descanso y sueño) que, siendo involuntarias e instintivas, son indispensables para vivir; en el siguiente nivel puso las necesidades vitales de seguridad y protección (seguridad, orden y estabilidad); le continuaría la necesidad psicológica de pertenencia (aceptación social, amor e identificación grupal); a la que le sucedería la necesidad de tener un autoconcepto positivo de sí mismo alcanzable al trabajar la percepción propia (autoestima) y la de los demás (heteroestima); y, como se ha dicho, terminaría con la necesidad de autorrealización, ese estado de armonía y entendimiento imprescindible para tener una adecuada salud mental.

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