EL AGRICULTOR Y LA PLAGA

EL AGRICULTOR Y LA PLAGA

Si un agricultor no atina con el abono que utiliza, lo cambia ¿verdad?

Él mismo, al perder su cosecha, decide que es necesario cambiar proceder aún llevando un año utilizando tan mal abono; por ello, se permite que se equivoque.

En la educación no entiendo por qué esto no pasa.

Por qué si se yerra, no se reconoce y se cambia.

Claro que mi hijo ha topado con agricultores experimentados o amantes de su profesión que no dejan de fertilizar su tierra, pero qué pasa con los que ni se arrepienten de dejarla árida.

¿Sabéis cuán difícil es recuperar esa tierra, volverla a hacer germinar?

No pasa el arado, se hunde o se encalla en las rocas depositadas, el suelo se ha llenado de matas y cuesta arrancarlas, las raíces crecieron rápido y no dejan de crecer porque no entra ya ni pico, ni pala.

Ahí es cuando te das cuenta que necesitas más que una yunta de dos fuertes mulos, más que un tractor de cadenas, más que paciencia y perseverancia. Necesitas acabar con la plaga.

Necesitas acabar con la plaga.

En la educación no entiendo por qué no pasa.

Pasas con el coche o andando y si miras alrededor y ves las altas sierpes, el olivo hueco, la trama ausente,… sin saber de campo, sabes si está mal o bien llevado.

Pero es que si sabes de campo, no sólo intuyes, ya es que te duele que se pierda, añoras no encontrar, la belleza de un frondoso ejemplar.

Con la educación, esto es lo que a mí me pasa.

Mi padre decía que yo era más de campo que las amapolas porque cuando el Land Rover atravesaba la calzada, el verde cubría mi ventana y el aire frío y húmedo rozaba mi cara, yo me eclipsaba. Y es que yo aguardaba ansiosa a que mi maestro me llevase a su tierra abonada pues en ella pasaba las tardes apoyada en un tronco donde me deshacía del calzado y hundía mis pies, respiraba profundamente recogiendo ¡tantos aromas!, también en ella caminaba sin rumbo buscando galápagos en el arroyo y si tenía sed, juntaba mis manos bajo el agua y las llevaba a mi boca y si tenía hambre buscaba la mata de la zarzamora. Cerca del tractor rojo, oxidado por la exposición de los años, había otra, más allá una higuera y escondidos de la vista algún que otro granado y palosanto. Y ¡ummm! qué bien sabían, qué belleza, qué placer que me enseñara a distinguir entre picual y hojiblanca,… estaba enamorada porque experimentar, conocer algo de la mano de quien lo ama es lo que te hace que lo aprecies tú.

En la educación no entiendo por qué no pasa.

Hay muchos agricultores como mi padre que vertieron sudor, empeño, pasión y hasta su sangre en aquello que amaban, hay muchos y muchas con esas ganas, pero el problema está en que también hay una plaga y mientras no se acabe con ella, su expansión está descontrolada y avanza rápida, cargándose todo por donde pasa, sí, hasta la tierra mejor abonada.

Así que se necesita acabar con la plaga porque en educación no hablamos de tierra, ni del verde que ves por la ventana cuando viajas, hablamos de niños, de niñas que están en nuestras casas, de niños y de niñas que sufren, que lloran porque no le dan el alimento que les sacia. A todos les ponen macarrones como si todos amarán la pasta y si no la amas, es que eres el raro, la rara. Pero el raro o la rara si no come, al tiempo muere, cual tierra árida.

No puedes esperar ni pedir una producción próspera sin agricultores que den la talla, capataces que echen al que no vale y un gobierno cerrado en banda al control…al control de la plaga.

 

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Una enamorada de dos paisajes diferenciados: el silvestre porque creció libre y el fértil porque se le alimentó bien.

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